Christian Villamide con la galerista Marisa Marimón, Nuria y la Comisaría de la exposición Sara Donoso de ATREZO-TERRITORIO de Christian Villamide.
GALERÍA MARISA MARIMÓN
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| La galerista Marisa Marimón con Christian Villamide |
NUEVAS GEOGRAFÍAS PARA UN PAISAJE EXHAUSTO
"(...)
alterado por cierta insólita ligereza del aire y por el escenario sin
límites, permanecí como privado de sentido. Miré entorno de mí: las
nubes estaban bajo mis pies y ya me parecían menos increíbles el Athos y
el Olimpo mientras observaba desde una montaña de menor fama lo que
había leído y escuchado acerca de ellos (...)"
Francesco Petrarca.
Carta escrita por Petrarca, dirigida a Dionigi da Borgo san Sepulcro tras su ascensión al monte Ventoux el 26 de abril de 1336.
La
ascensión al monte Ventoux por parte del poeta Petrarca es considerada
un punto de inflexión para la concepción del paisaje en la sociedad
occidental. Tanto si la subida se produjo realmente como si se trata de
una completa metáfora construida en la vívida imaginación del poeta,
destaca su contribución a la introducción del componente estético en la
noción de camino. En realidad, podríamos señalar varios momentos a lo
largo de la historia determinantes para conversión de la naturaleza en
paisaje a través de la mediación de la mirada. Con todo, el origen del
paisaje, como palabra, parece remontarse a finales del siglo XV, siendo a
principios del XVI cuando se señala a Robert Estienne como el primer
autor en introducir este término (1549), referido únicamente a aquellos
cuadros que contienen de fondo una escena campestre. Fue el arte, la
pintura, quien ejerció de anfitriona al convidar a pintores, poetas y
pensadores a escudriñar ese misterio embriagante que pasó de sugerirse
entre los fondos de los cuadros a ocupar su totalidad. Desde entonces,
la admiración por la naturaleza y su papel en el aprendizaje del
comportamiento estético han trazado diversas líneas de actuación
fundamentales para la deriva de una consecución de relaciones que
implican a diferentes esferas de la cultura y de la sociedad.
Actualmente, a toda esta coexistencia de interpretaciones cruzadas que
vehiculan naturaleza y artificialización debemos sumarle un nuevo reto:
el paisaje ha abandonado incluso su condición de marco estetizado para
transformarse en su espejismo; en una réplica trastocada y controlada
de sí mismo. Algo así como imponer su destrucción para después
escenificarlo sin salirse del marco. Aquí se encuentra uno de los
traumas de la era contemporánea, en esa naturaleza consumida entre el
asfalto que nos sitúa próximos a la distopía.
Asomarse
a la obra de Christian Villamide es plantarse en cierto modo todas
estas cuestiones, es indagar desde lo plástico en un trabajo capaz de
agitar conciencias. Villamide es un creador de paisajes y mundos, lo
hace con la capacidad que tiene el arte de herir y cautivar en el
tiempo. sus imágenes recrean esa estética de lo fragmentario que tiene
que ver con la deriva física del agotamiento de la tierra. Simula así un
sistema de latifundios y minifundios sobreexplotados, de espacios
colapsados por la intervención humana, de un verde consumiendo que
continúa sin embargo arrojando belleza. Sus obras son como respiraciones
inconstantes que que abrazan un accidente auto-provocado, una
experiencia de conexiones múltiples donde el paisaje ya no es solo el
espacio del placer estético sino el del aprovechamiento material, el de
la industria y la macroeconomía, el del turismo y, finalmente, el de un
disfrute dirigido. Si ese gusto refinado a lo largo de los siglos
implicó la artealización1 de
la naturaleza y sus diferentes intensidades espirituales, desde la
actual perspectiva macrosocial resulta complejo discernir la atracción
por los espacios naturales de la disposición a satisfacer demandas que
tienen que ver con el ocio o con determinados modelos de vida.
Desde esta perspectiva, Atrezo-territorio propone
una mirada crítica frente a la desbordante propone una mirada crítica
frente a la desbordante dulcificación de los espacios en los que la
vegetación simula ser nativa del reclamo visual. También nos habla de la
acelerada transformación del territorio en prol del progreso y la
especulación, ahondando en el concepto de lo natural como un bien de
consumo lo hace a partir de una exploración plástica dilatada donde cada
una de sus esculturas, de sus volúmenes, acaricia lo pictórico al
introducir el color no solo como elemento visual sino también simbólico.
Christian Villamide construye sus propuestas a través de un proceso de
ocultamiento y desvelo, suaviza los vínculos con lo real pero a la vez
conjuga las formas y materiales de tal modo que habilita una suerte de
pistas, conduciéndonos a través de su universo visual hasta el mundo que
habitamos. Si sus ganas de verdes, dorados y amarillos se aproximan
tanto a la densidad de la vegetación como a las grandes superficies
cultivadas, la preferencia por el mármol y el acero corten sugieren un
viaje sensorial, a través de sus vetas, texturas y peculiaridades. Una
reivindicación de lo vivo y lo mutable. como el paisaje, sus obras
explicitan la pátina del tiempo. En el caso de series como PERturbacións o Terrenos y cultivos ,el
acero funciona a modo de piel, de sistema sintiente que absorbe el
devenir de los ritmos cotidianos. Las condiciones climáticas, la
humedad, la luz o la temperatura imprimen su huella sobre el material,
lo resitúan en relación al mundo y sus constantes. Christian Villamide
persigue que esto suceda pero también interviene el proceso para impedir
una total autonomía. El control del oxidado conduce a una ralentización
de los ciclos del material sin ocultar su propia poética, incluso
permitiendo que esta concretice sus líneas de expresión. En ocasiones el
artista incorpora el espejo (PERturbacións X) logrando introducir en el
contenido universo de la pieza referencias al contexto que la acoge y
almacenando, al mismo tiempo, la luz y que emana y rebota a su
alrededor. Esa acción de recoger lo de afuera, la luz y sus
derivaciones, termina por hacer brotar las sombras y estas, a su vez,
dibujan nuevos perfiles sobre la pared.
A
todos estos registros se suma la preferencia por el dorado, en
ocasiones absorbido entre la porosidad del acero corten y otras veces
directamente manifiesto. En PERturbacións IV (Dánae) emplea el
mito griego en el que Zeus deja embarazada a Dánae al derramar sobre
ella una lluvia dorada, en alusión a la carga simbólica que ha atesorado
este color a lo largo de la historia y su asociación con el poder tanto
físico como divino. El oro es la riqueza pero, sobre todo, control. Una
aproximación a la iconografía medieval nos lleva a adivinar también su
relación con lo celestial, el sol y otros elementos de la naturaleza
atribuidos a diferentes deidades. en la cultura inca, por ejemplo, se
asociaba a las lágrimas del sol. Como una metáfora profusa que recoge
ambos planteamientos, en las propuestas de Christian Villamide el dorado
es receptivo de ser tanto un atributo divino como un distintivo del
poder que el ser humano ejerce sobre la Tierra. la serie Terrenos y cultivos constata
de algún modo estas interferencias al introducirse en un espacio
plástico de referencias clásicas, sintetizando motivos de influencia
islámica con las cenefas, dibujadas por oxidación y mordiente en el
metal. estas geometrías adoptan la representación de una vista aérea
sobre el territorio, como esos nuevos paisajes definidos en términos de
productividad, metros cuadrados y valor material. Con cada elemento
empleado se multiplican las capas de sus composiciones, que simulan
collages tridimensionales, y continúan añadiendo sensaciones hápticas y
significados: las ramas de mármol como alegoría de la congelación de lo
orgánico, la calidez del acero y sus pátinas de cera y oro intensifican
su enfrentamiento ante la fría rigidez del mármol. Pero ambos comunican
sus tránsitos.
En obras de la serie Atrezo-territorio
permanece ese mismo interés por la superposición de capas donde se van
sumando significados, esta vez plasmados entre los desvelos y vigilias
del papel. Empleando planos originales de transformaciones parcelarias,
Christian Villamide intercala las cartografías reales con intervenciones
pictóricas de formas triangulares que emergen afirmando su presencia
como guiño al paisaje quebrado. el paisaje expresa su rotundidad en
forma de verdes manchas geométricas, eco de las montañas que fueron. Las
acompañan inquietantes construcciones negras reflejo de la
omnipresencia de los apuntalamientos, o las torres eléctricas que
pueblan hoy en día nuestros bosques Y hacia divisorios; una topografía
de los lindes, el aparcelamiento y las expropiaciones. Hay en estas
imágenes una continua transposición de relaciones donde cohabitan, al
igual que en el sentir contemporáneo, las más variadas aproximaciones
hacia un paisaje que se conforma atrezo pero que continua latiendo.
Las
obras aquí presentes se insertan en una lógica de contrastes, el
artista escruta con dureza el comportamiento humano sobre el territorio
pero también celebra su capacidad mutable y esas pequeñas rebeldías de
la naturaleza que se empeña en surgir aunque la acoten. Por eso sus
imágenes persiguen la belleza en su rotundidad. En su modo de organizar
los pesos y volúmenes, las medidas y alturas de la composición o esos
puntos cromáticos que atraen la atención hay siempre un devenir
pictórico, tal vez buscado o simplemente hallado, que nos devuelve a ese
primer paisaje todavía sin nombre de aquellos tiempos en los que
empezaba a construirse su definición. Ahora sus múltiples alteraciones
llegan incluso a enturbiar el término cuando lo vemos forzado a
encontrarse a sí mismo entre los huecos que le cede el pavimento con el
fin de perseguir su función ornamental. Podríamos decir que la obra de
christian Villamide actúa entre la crítica y el contrapunto, cultiva las
tensiones intermedias entre lo alucinado del espacio natural y su
resquebrajamiento, que supura como una herida sometida a un proceso de
dominación constante. La mirada se puebla de paisajes desmembrados,
reubicados, nuevas geografías confrontadas entre lo artificial y la
memoria de las formas actuales en la naturaleza.
Sara Donoso
1
Este concepto permite diferenciar el país, aquello que existe por sí
mismo, del paisaje, término elaborado culturalmente. Sin esta mediación,
el paisaje no existiría, ya que está subordinado a nuestra disposición
de disfrutar del mismo en términos estéticos y contemplativos. V. ROGER,
Alain: Breve tratado del paisaje. Madrid: Biblioteca Nueva, 2007,
pp.21-23.